Fecha publicación:Julio de 2002
Medio: TodoVino

Pasaron los tiempos tristes de los blancos anodinos y neutros. Hemos rastreado toda la geografía española en busca de los vinos blancos que puedan dar el contrapunto adecuado a la eclosión cualitativa que en el terreno de los tintos ha experimentado el vino español en los últimos años. Y hemos podido constatar los indudables progresos: ya hay desde hace tiempo blancos españoles homologables a escala mundial. Lo que no sabíamos es que hubiera tantos: quisimos seleccionar 25 y salían más; dividimos los vinos en dos capítulos, frutales y con madera, de 20 vinos cada uno y salieron 21. Para no caer en la injusticia, optamos por abandonar el número redondo y ofrecer, en dos entregas, los 42 mejores blancos de España.

Los vinos blancos españoles entraron en la década de los ochenta del siglo pasado en un estado si no lamentable sí de escaso atractivo. Curiosamente, un país que prefería de toda la vida los vinos tintos (el vino-vino, a decir de muchos consumidores) y cuyas zonas vinícolas han tenido en su inmensa mayor parte vocación de productoras de vinos tintos, elaboraba sobre todo blancos.

Toda la mitad sur de la península cultivaba mayoritariamente uvas blancas. Andalucía destinaba sus Palomino y Pedro Ximénez al envejecimiento para obtener los espléndidos vinos generosos de Jerez, Montilla-Moriles, Málaga o Condado de Huelva. La Meseta Sur y Extremadura, con sus Airén, Cayetana y Pardina, trabajaban también para Andalucía: sus vinos se destinaban a la destilación y los alcoholes obtenidos iban a parar al encabezado de los vinos generosos o al envejecimiento para producir el pujante (en las fechas) brandy jerezano, cordobés o malagueño, además de alguna prestigiosa marca de la propia región manchega manchega.

Más al norte el panoramano pintaba mucho mejor. En Galicia las productivas uvas meridionales, especialmente la Palomino, llamada Jerez en toda la región, y habían desplazado casi por completo a las cepas autóctonas y lo que se planteaba era la erradicación de las vides híbridas productoras directas, a las que se achacaban todo tipo de males pero el único claro era la deleznable calidad de los vinos que producían. En la cornisa cantábrica, incluido el País Vasco, donde hoy revive el chacolí, el viñedo, mayoritariamente blanco, estaba en franca regresión.

En el alto y medio valle del Ebro se lidiaba con la Viura, no mucho menos triste que las cepas de Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid, mientras que aguas abajo la Garnacha Blanca servía para elaborar rancios y vinos generosos. En la Comunidad de Valencia el blanco se sustentaba en variedades también poco agraciadas, como Planta Nova o Merseguera (la última algo más interesante) y en las regiones murcianas directamente importaban de La Mancha uvas Airén o vino blanco con el fin de completar su gama de tinto y rosado. Incluso algunos hablaban de una santa alianza Jumilla-Valdepeñas, ya que lo que no tenía la una le faltaba a la otra: blanco a espuertas en Valdepeñas, todo Monastrell en Jumilla.

Por completar el panorama, en las islas Baleares no había tradición de blancos y apenas se empezaban a introducir algunas plantas, pero se hacía con Macabeo (Viura) o Parellada y con un poco de Chardonnay. En Canarias el viñedo era poco menos que marginal y la Malvasía legendaria había desaparecido prácticamente de algunos de sus lares tradicionales, como las comarcas del norte de Tenerife, sustituida, cómo no, por Lístan, una de las sinonimias de la Palomino.

La gran esperanza blanca

El, amante de los blancos tenía pocos recursos en la producción nacional y tampoco la importación ofrecía gran cosa donde elegir. Las alternativas eran Viña Sol o Monopole, es decir, la incipiente producción de blancos jóvenes del Penedés, de los que la marca de Miguel Torres era abanderada, o los blancos envejecido en barrica de Rioja, entre los que dominaba claramente esa marca producida en Haro por la Compañía Vinícola del Norte de España (C.V.N.E.). Los primeros se aprovechaban de la renovación tecnológica que se empezaba a ver en algunas zonas, con la comarca del Penedés como abanderada y la casa Torres como pionera, seguida en su camino abierto por las casas del cava, que empezaban a vivir una etapa dorada. Los riojanos eran una elaboración tradicional y había crianzas, reservas y grandes reservas, como en los tintos, muchos de los cuales ya han desaparecido.

Había poco más, pero lo que había tuvo trascendencia ya que era el germen de tiempos mejores. En Castilla la gran esperanza blanca era la uva Verdejo y la zona de Rueda. En los primeros setenta, buscando una zona adecuada para un vino blanco más fresco que los de su tierra, el riojano Francisco Hurtado de Amézaga descubrió la uva Verdejo; en los primeros ochenta ya triunfaba aunque aún no se habían liberado de la obligación de un paso del vino por barrica para poder ser calificado como “rueda superior”. Tampoco se había “descubierto” el potencial aromático de la Verdejo y por eso de importaban en esos años las primeras plantas de Sauvignon Blanc, llamada a revolucionar el carácter de los blancos de Rueda.

Sin embargo, si se habla de revolución, la seria era la que se empezaba a producir en Galicia, aunténtica reserva espiritual de variedades blancas aromáticas, aunque fuera sólo en espíritu y en el recuerdo de los más viejos del lugar. Algunos querían recuperar los aromas y las texturas perdidas y ya empezaba a difundir doctrina Santiago Ruiz, auténtico profeta de los que se convertiría en religión del Albariño, que haría furor durante toda la década de los ochenta y bien avanzada la de los noventa. También se empezaba a resucitar la Godello, inquilina del valle del Sil convertida en la segunda leyenda varietal gallega a pesar de ser bastante más sobria que la Albariño. En el Riberio, por su parte, algunos (curiosamente la cooperativa de Ribadavia, la gran bodega de la zona) buscaban adornar los vinos de Palomino con aromas autóctonos, rebuscando en los rincones las últimas plantas de Treixadura, Torrontés, Lado y otras variedades de siempre.

La triple ofensiva de Galicia, Rueda y Cataluña puso de moda los vinos blancos del año, que se designaban casi de corrido, como si fuera una palabra, como blancos-jóvenes-frescos-y-afrutados. Lo de afrutados, palabra inexistente en castellano pero que parece indicar una adición artificial de aromas frutales, respondía a la realidad en algunos casos y no faltaron vinos sospechosamente perfumados, bien por el añadido de esencias (con perfumes florales o de frutas exóticas), bien por el uso en el proceso de fermentación de levaduras seleccionadas (la famosa baianus hacía furor), práctica que se extendió como la pólvora dando a los anodinos blancos mesetarios, levantinos, andaluces, riojanos, navarros, aragoneses, etcétera un uniforme e inconfundible olor a plátano.

Aromas y personalidad

La revolución tecnológica proporcionó limpieza de aromas, lo que hay que reconocer que ya era un logro, y vinos correctos, pero había que pedir más. Rápidamente, los enólogos más listos vieron que el plátano no era el camino y siguieron el camino abierto por los pioneros del Penedés, con su catálogo de variedades francesas y alemanas, Rías Baixas y con ella otras comarcas gallegas, reivindicando sus variedades de siempre, y Rueda, participando de las dos tendencias con su Verdejo y la forastera Sauivignon Blanc.

Fundamentalmente se buscaban aromas y se investigó con Riesling, Sauvignon. Gewürztraminer y algunas otras. Sin embargo, finalmente la que se impuso como variedad blanca “mejorante”, por usar el término en boga hasta hace poco, fue la Chardonnay, que no es especialmente fragante. Era la época en la que en tintos se miraba hacia Burdeos y en blancos hacia Borgoña y eso explica el triunfo de una variedad que se plantó en casi todas partes, con éxito bastante desigual.

La de la uva Chardonnay, como la de la Cabernet Sauvignon, fue como una oleada que recorrió las diferentes comarcas vinícolas de norte a sur. Entró por el Penedés y llegó hasta la sierra de Cádiz, pasando por prácticamente todas las zonas, incluida la hermética Rioja, donde algo se ha experimentado, las supuestamente tradicionales zonas del chacolí y llegó fugazmente hasta Rueda. No fue más allá porque en las zonas gallegas, como en la propia Rueda, no tenía mucho que aportar y la rivalidad de las cepas autóctonas era demasiado fuerte.

Una mirada hacia la tradición

La moda, que sin duda alkguna nos ha dejados grandes vinos, implicaba una nueva dosis de uniformidad en los vinos y pronto la potencia aromática no fue suficiente. Personalidad es la palabra clave en el mundo del vino desde mediados de los noventa y el blanco no estaría ajeno a ese anhelo. Los diferentes sistema de elaboración, como la famosa maceración pelicular o la fermentación en madera, o de crianza, no siempre en barrica, también en depósitos con o sin lías o en botellero, comenzaron a aportar tímidamente matices aunque aún es la hora en la que no se ha investigado suficientemente en esos terrenos.

Las tradiciones en elaboración o, mejor, en ese período de maduración que muchos reclaman para los vinos, y, sobre todo, en cuanto a variedades de uva parece que son la apuesta de la más rabiosa modernidad. Para empezar, se ha descubierto hace muy poco el concepto de “terruño”; ese término atesora las condiciones del suelo en superficie y en profundidad y las circunstancias que influyen en el llamado microclima, en especial la orientación, la situación de las viñas y las horas de sol, así como la adaptación de unas determinadas variedades a esas condiciones. El “terruño” no se llamaba así hace un siglo, pero los abuelos de los actuales viticultores ya sabían dónde se daba mejor un tipo de uva que otro en función del tipo de vino que se quisiera conseguir. Los sesudos estudios de suelos y pagos han terminado en muchos casos por “descubrir” los mejores pagos vitícolas de toda la vida.

Otro tanto ocurría con las variedades de uva. Cuando el campesino elaboraba vino para su propio consumo o para vender en pequeñas cantidades, elegía las variedades de uva mejores, aunque no fueran las más productivas, y los coupages de variedades con los que imprimía su sello personal a los vinos llegaban hechos desde el campo. Cuando pasó a entregar las uvas a una cooperativa o a vender uvas o vino a una bodega industrial, cultivó las variedades más productivas y abandonó las que le creaban más problemas o las que producían menos.

La modernidad investiga esas variedades, algunas casi desaparecidas, como un auténtico filón de personalidad para sus vinos. El ejemplo de Galicia, que ya vendía vinos blancos de Albariño a mil pesetas hace quince años (ahora no ha subido mucho e incluso parece que bajó en algunos casos), hizo abrir los ojos a unos cuantos. El problema es que tal vez no haya muchas alternativas interesantes, pero lo cierto es que muchos miran hacia sus uvas de toda la vida al darse cuenta de que un chardonnay hispano encuentra dura competencia en la multitud de varietales de todo el mundo que concurren en los diferentes mercados.

El reto de la frescura

En ese segmento en el que la variedad y el terruño imponen su ley los vinos se elaboran en tanques de acero inoxidable o toman muy escaso contacto con la madera, bien por un paso breve, bien por elaboración o crianza en envases de gran capacidad. Los tres términos de hace veinte años, joven-fresco-afrutado, siguen vigentes pero con matices. La juventud empieza a ser una carga demasiado pesada y va siendo hora de que el gran público sepa valorar las virtudes de un blanco que ha tenido una cierta maduración en un depósito o en el botellero, que con frecuencia proporcionan vinos mejores en su segundo o tercer año que en su juventud.

El concepto afrutado se libera de esa carga de fruta añadida, se quita la incorrecta a inicial y se queda en la mucho más ambiciosa y satisfactoria búsqueda de la casta frutal, de la personalidad que proporciona la variedad cultivada en unas determinadas condiciones. Y eso con independencia de la edad del vino. Ya nos van llegando ejemplos notables de vinos blancos jóvenes diseñados para evolucionar bien en la botella. Con cierta timidez porque las inercias comerciales son muy difíciles de romper, pero también ya con alguna firmeza.

La frescura es el término más vigente de la trilogía, sobre todo tras la oleada de vinos blancos fermentados o envejecidos en barrica. Al vino blanco, como al tinto, se le piden en la actualidad matices, riqueza de sensaciones, elegancia y a ser posible potencia, pero todo eso no debe estar reñido con la frescura. La dificultad de los grandes blancos está en encontrar ese punto exacto de frescura sin verdor ni excesos ácidos y potencia sin pesadez. Además, hay que añadir personalidad y, cada vez más, potencial de buena evolución en el futuro.

Do Ferreiro Cepas Vellas ’01

Gerardo Méndez Lázaro
D.O. Rías Baixas
98/100
Parece creado para responder a quien dude del albariño como vino grande y de larga vida (evolucionará bien no menos de 10 años). Profundos y elegantes aromas frutales (hierbas frescas, flores, frutas carnosas); paso de boca rotundo y armonioso.

Viñas del Vero Clarión ’01

Viñas del Vero

D.O. Somontano
97/100
Rodeado de misterio en sus variedades (tal vez haya “otras”) y en la elaboración, es uno de los grandes blancos de España. Da sensación de frescura ya desde la nariz, donde ofrece gran cantidad de matices; armonioso en la boca, con cierto cuerpo y nervio.

Lusco ’01

Lusco do Miño
D.O. Rías Baixas
94/100
Personalidad, nervio y elegancia; ofrece la mejor cara del albariño y da lo mejor de sí cuando pasa un tiempo en la botella (mejor al segundo año, vive al menos cinco). Finos aromas frutales, gama herbácea fresca y floral, y mucho nervio en la boca, noble fuerza.

Viña Meín ’01

Viña Meín
D.O. Ribeiro
94/100
Emblema y máxima expresión de los nuevos ribeiros. Con la personalidad y finura de las variedades de uva gallegas sabiamente combinadas: aromas florales y herbáceos frescos (hierbabuena), prestancia en la boca, con cuerpo y nervio, potente y fino.

Jean León Petit Chardonnay ’01

Jean León
D.O. Penedés
93/100
Muestra el camino de los blancos con presente y con futuro, con nervio y frescura, para evolucionar bien (no menos de 3-4 años) y amable ahora. Complejidad en aromas (parece asomar un toque de madera) y magnífico paso de boca, rotundo y amplio.

Pazo de Señoráns ’01

Pazo de Señoráns
D.O. Rías Baixas
93/100
Consistencia en guante de seda. Elegante fragancia frutal (madurez, tonos florales, albahaca, laurel) y muy buen paso de boca, con cierta estructura, ligeramente graso pero fresco (espléndida acidez), sabroso, equilibrado, muy expresivo y suave (sedoso).

Fransola ’00

Miguel Torres
D.O. Penedés
92/100
Armoniza con precisión potencia casi perfumada y finura. Muchos matices en la nariz, con fondos de cierta crianza, almizclados y especiados, adornando unos frescos aromas frutales. Más bien ligero, seco y muy suave, fresco y vivo, con notable expresividad.

Marqués de Riscal ’01

Vinos Blancos de Castilla
D.O. Rueda
92/100
La marca que descubrió las bondades de la uva Verdejo busca siempre la esencia de esa variedad. En el ’01 vuelve a los parámetros más clásicos, libre de notas exóticas pero no de la fresca y rotunda estructura en la boca que caracteriza a los grandes verdejos.

Marqués de Riscal ’01

Vinos Blancos de Castilla
D.O. Rueda
92/100
La marca que descubrió las bondades de la uva Verdejo busca siempre la esencia de esa variedad. En el ’01 vuelve a los parámetros más clásicos, libre de notas exóticas pero no de la fresca y rotunda estructura en la boca que caracteriza a los grandes verdejos.

Pazo de Barrantes ’01

Bodegas Pazo de Barrantes
D.O. Rías Baixas
92/100
Fue marca pionera en la recuperación de la “frescura gallega” cuando los albariños tendían al dulzor. Con ello, reivindicó también la capacidad de evolucionar de los grandes albariños. Fragancia frutal y mucho nervio en la boca, fresco y rotundo.

Enate Chardonnay 234 ’01

Enate
D.O. Somontano
91/100
Es un encaje de bolillos que consigue elegancia, finura, fuerza y frescura en un conjunto redondo y sugestivo. Complejidad en aromas, con fruta madura y sana y unas notas de fondo que hacen pensar en intervención de madera. Graso y fresco, sabroso, expresivo.

Palacio de Bornos ’01

Bodegas de Crianza de Castilla la Vieja
D.O. Rueda
91/100
El vino de un técnico siempre a la última como Antonio Sanz. Entra de lleno en el grupo de los modernos verdejos aromáticos, pero tiene personalidad: frutas carnosas, toques florales, fondo almizclado. Clásica estructura y frescura en la boca, muy fino.

Guitián ’01

Bodegas La Tapada
D.O. Somontano
90/100
Es la marca que destapó la excepcional calidad de la uva Godello en toda su dimensión. Muchos registros aromáticos, todos en gama fresca (destaca su carácter herbáceo fino: hierbabuena, heno, boj), y un magnífico paso de boca, sedoso, equilibrado, sabroso.

José Pariente ’01

Dos Victorias
D.O. Rueda
90/100
La última gran marca surgida en Rueda, ya en su tercera cosecha en la que confirma su línea. Fiel a la sobriedad clásica de la uva Verdejo pero con potencia en sus notas de fruta bien madura. Seco y fresco en la boca, glicérico, potente en sabores, amplio.

Sanz ’01

Vinos Sanz
D.O. Rueda
90/100
Todo un clásico de Rueda, tenido como valor seguro por su regularidad. No se sale del perfil clásico en los aromas, con notas herbáceas de gran finura (boj, laurel, heno), y tampoco en la boca, con viva acidez y cuerpo, textura ligeramente grasa, seco, sabroso.

Albariño de Fefiñanes ’01

Bodegas del Palacio de Fefiñanes
D.O. Rías Baixas
88/100
Feliz recuperación de la marca histórica del albariño, sólidamente situada también entre las mejores. Nítida personalidad varietal en la nariz (fruta madura, florales, frescos herbáceos) y en la untuosidad y frescura de un paso de boca equilibrado y amplio.

Fillaboa ’01

Granja Fillaboa
D.O. Rías Baixas
88/100
Es el albariño que gusta a todo el mundo, con el don de la regularidad año tras año pero tal vez algo mejor en esta última cosecha. Franco y potente en la nariz (el albariño es aromático, ¿recuerdan?) y fresco y serio en la boca, muy suave, sabroso, expresivo.

Lagar de Cervera ’01

Lagar de Fornelos
D.O. Rías Baixas
88/100
Albariño de elegante densidad, con peso pero no pesado, al contrario. Fragancia frutal con notas de madurez y frescos toques balsámicos (eucalipto). En la boca es glicérico pero una magnífica acidez le confiere frescura y alegría en un serio paso de boca.

Marqués de Alella Clásico ’01

Parxet
D.O. Alella
88/100
Es el referente del alella de toda la vida, aunque menos dulce y siempre con larga vida por delante (hasta 5 años y a veces más). Blanco frutal muy fino, con base de herbáceos frescos. Magnífico equilibrio en la boca, suave, fresco, amable y muy frutal.

Can Feixes Blanc Selecció ’01

Huguet de Can Feixes
D.O. Penedés
86/100
La corrección de los clásicos excesos (acidez) y carencias (cuerpo, sabores) de los blancos penedés más convencionales da lugar a un gran blanco. Aroma frutal franco y paso de boca amable y vivo, con nervio pero denotando madurez del fruto. Con futuro.

Castillo de Monjardín ’01

Bodegas Castillo de Monjardín
D.O. Navarra
86/100
Esta bodega fue la pionera en la adopción de Chardonnay en Navarra. Su blanco joven muestra la experiencia y la madurez del viñedo. Aroma muy fino de fruta madura y flores blancas y gran paso de boca, fresco y equilibrado, muy amplio y directo.

Terra do Gargalo ’01

Gargalo
D.O. Monterrei
86/100
Ha ido creciendo desde su primera aparición, en la cosecha ’98. Empeño del diseñador Roberto Verino por impulsar los vinos de su tierra, que nunca dieron grandes alegría. Fragancia frutal y floral de Albariño y paso de boca graso y fresco, equilibrado, fino.