El vino de consumo más fácil pero nada sencillo de elaborar correctamente y con pocas referencias de auténtico nivel. Por distintas circunstancias, el rosado es la cenicienta de las bodegas, el que recibe partidas de uva de viñas jóvenes o descartadas para más nobles destinos y al que se presta menor atención. A pesar de eso y de su estigma de vino menor, es el vino de moda en buena parte del mundo, seguramente porque aporta el contrapunto de frescura a los pesados tintos que estuvieron en boga hasta hace unos años.

Esa moda ha dado lugar a una nueva generación de rosados, de vinos modernos pensados para ese destino rosa desde la selección de las parcelas de viña más adecuadas para ello y elaborados de principio a fin con el objetivo de hacer rosado y no como aprovechamiento de descartes. Y está expulsando a toda velocidad prejuicios sexistas sin sentido ni gracia alguna.


El rosado es la

cenicienta de las bodegas


Conviene insistir en la diferencia cada vez más difusa entre rosado y clarete. En muchas regiones se denomina clarete a lo que en realidad es un rosado y algunas normas de denominaciones de origen lo usan como sinonimia. En puridad, hay diferencias.

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El rosado se fermenta en ausencia de los hollejos de la uva; el mosto se extrae por distintos procedimientos procurando que el contacto sea muy breve para que no tome demasiado color, y fermenta como la mayor parte de los blancos. En el clarete interviene una parte de la casca (los hollejos, pulpa, tal vez algo de raspón) y fermenta como tinto. En ambos casos puede haber mezcla de uvas blancas y tintas, pero está prohibida la mezcla de vinos blancos y tintos.


Los rosados se agrupan en dos grandes equipos,

los sinceros y los truculentos


Se llame rosado o clarete y una vez superada la primera dicotomía, la que separa a los vinos malos de los potables, los rosados se agrupan en dos grandes equipos, los sinceros y los truculentos, la auténtica calidad y los de diseño comercial, sin alma. La cata puede dar pistas al consumidor atento.

Primero hay que señalar el aspecto. El rosado ha de ser rosa, rosa fresa o frambuesa, con mayor o menor intensidad y con frecuencia con tonos salmón, pero siempre con tonos rosa. El modelo de color ha de ser el color delicado de la lencería de seda o de raso. Los matices amarillentos, ladrillo o teja, son síntoma de peligro, de oxidación; y los matices castaño, que todavía se pueden ver, hablan directamente de vino decrépito.


El modelo de color ha de ser

el color delicado de la lencería

de seda o de raso


En la nariz el rasgo dominante ha de ser la fruta y en la boca la frescura. Hay que elegir entre los aromas naturales y IMG_3176
los olores tecnológicos, obtenidos por distintos medios. Cabe distinguir los aromas de las fresas silvestres o de los fresones frescos y los de esas esponjosas nubes infantiles o, para los más veteranos, el de los viejos palotes; entre los de la zarzamora, la picota o incluso la ciruela negra y los pesados lácteos, vegetales y de hoja de higuera; entre los sutiles florales de lilas o incluso violetas o los de caramelo de violeta.

Los de la vertiente tecnológica puede resultar gratos, pueden parecer tan vivos como los otros para quien no esté en el secreto. Pero no hay que hacerse ilusiones; cuando llega el verano, o incluso antes, tras unos meses encerrado en la botella, el vino habrá perdido sus perfumes y ofrecerá su auténtico rostro de zombi.

En la boca es aún más sencillo. El tacto suave se enfrentará con frecuencia a puntas vegetales, la textura fluida y una acidez natural bien equilibrada serán preferibles a la pastosidad dulzona comercial, que ni siquiera podrá ocultar el carácter vegetal de una vendimia adelantada para limitar el grado, y mucho mejor que la acidez añadida, que queda pegada a los labios después del paso del vino. La salida alegre y el recuerdo frutal de un buen rosado nada tiene en común con los rasgos vegetales y el final brusco de la vulgaridad.

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El rosado es amable por suave y fluido

pero seco y refrescante,

de trago fácil, largo, grato


El buen rosado expresa sobre todo la fruta, si bien la modernidad está ensayando con pasos por barrica (también con crianza sobre lías, que impulsa y guarda el carácter frutal), que, dada la naturaleza del vino, han de ser muy bien medidos para que la madera no arrolle a los otros aromas. El rosado es amable por suave y fluido pero seco y refrescante, de trago fácil, largo, grato.

No es un vino menor, no es nada fácil elaborar un rosado de calidad. Y tampoco es un vino efímero, Los buenos rosados actuales viven uno o dos años. Algunos, aún más.